La cizaña

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El uso común de la expresión "sembrar cizaña" expresa que alguien, en un grupo de gente, se dedica a malmeter a unos contra otros mediante mentiras, cotilleos y medias verdades con el fin de que se provoque un enfrentamiento entre ellos. El que eso hace es una mala persona, podría decirse que es maligno.


Todo empieza con un grupo más o menos bien avenido; en todo grupo hay visiones distintas, prioridades alteradas, incluso estéticas que chocan pero con todo, se puede convivir. No es necesario que reine una armonía angelical.
El proceso es parecido, alguien quiere hacerse con el control del grupo, o bien, alguien quiere hacerse simplemente un hueco y para ello, busca amigos, en realidad aliados, que separa de sus otros amigos. En un momento, hay que provocar el enfrentamiento entre ellos para lo que un poco de veneno en el oído, funciona de maravilla; el conflicto está servido. En ese escenario, el fuego corre rápido, y lo que antes era convivencia ahora es enfrentamiento.


Y la culpa no es de la cizaña, en realidad es de quién la sembró.


Si miras con detalle, algo de esto pasa hoy en la Iglesia, hay cizaña sembrada; no es que antes todo fuera paz y concordia. No es que antes en la Curia hubiera fraternidad ni que los movimientos colaboraran hombro con hombro, pero, hoy, la cizaña crece deprisa, más alto que el trigo; es más visible. La discusión es agria y pública. Y ante esta situación, todos buscan quemar la cizaña, es más algunos proponen quemarlo todo, ya sea la Tradición, ya sea la Continuidad- lo importante es quemar- para que la nueva siembra sea más vigorosa y esté libre de plantas invasoras. Y unos y otros se echan la culpa. En verdad, unos piensan que la cizaña son los otros y, los otros, que los unos. Así en una pelea en la que solo hay perdedores.


Todos olvidamos que la Misericordia de Dios es lenta y paciente, poco dada a fuegos, más bien es lluvia fina. Y desde luego, todos olvidan que lo peligroso no es la cizaña si no aquel que la sembró.


Igual que en los grupos, el sembrador era esa mala persona, en la Iglesia, es el Maligno quien se ocupa de esa misión, y lo hace con maestría, sin que se note su mano y conduciendo la disputa hacia un incendio que de sanador no tendrá nada. Será más bien destructivo.


Por eso nos repiten tantas veces que los cristianos debemos buscar el don de la unidad en Cristo, y para eso, dejemos de ser pirómanos y pasemos a ser bomberos