Los viajes y las sorpresas

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Tengo que viajar mucho por trabajo, todas las semanas uno o dos viajes, por tanto, mi emoción por volar es escasa y me manejo por Terminales y Controles de Seguridad con rapidez. Lo malo es cuando viajo de vacaciones con mi familia, me gritan para que vaya despacio, que disfrute del momento.

Cuando llegas a tu asiento en el avión, es importante mirar con quién te ha tocado en suerte viajar. ¿hay niños pequeños cerca? ¿hay bebes? ¿grupos de estudiantes en plena adolescencia? ¿señores que ocupan plaza y media? ¿viajeros de nula higiene?

Todo esto se resuelve y pasas a disfrutar de la lectura o lo que tengas preparado

 

 

Esta semana he vuelto de Ámsterdam y con gran eficacia he superado todas las pruebas que la seguridad de los aeropuertos hoy exige y al llegar a mi asiento, al lado tenía un varón de mediana edad, higiene correcta, aspecto tranquilo. Al otro lado, un compulsivo jugador con un teléfono al que hacía girar como si así moviera el volante de un coche.

Perfecto. Viaje tranquilo, sin risas exageradas ni patadas en el respaldo.

El avión comienza el carreteo por la pista y cuando vamos a despegar mi vecino se santigua, curioso, no le pega y veo que en cuanto puede, baja la bandeja, saca unos papeles en inglés que (imposible evitarlo), he curioseado para descubrir que estaban llenos de fórmulas matemáticas incomprensibles. Alivio, nada interesante.

En pleno vuelo, saco el Magnificat y me pongo a leer las Lecturas del día. Hoy no he podido ir a Misa pero al menos leo el Evangelio comentado que me llega por mail y las Lecturas y su comentario en la edición papel de Magnificat que me acompaña siempre en mi mochila de viaje. Esta tarde oiré en Wupp la homilía de P. Santiago. Cuando haya acabado, cerraré los ojos y rezaré un Rosario que a 35.000 pies de altitud sabe a gloria.

Pero, hete aquí, que cuando cierro el Magnificat, mi vecino, que resultó ser español, me dice: ¿podría dejarme el Magnificat? No he descargado las Lecturas en el aeropuerto y así aprovecho.

Os podéis imaginar mi sorpresa que continuó acrecentándose cuando acabada la lectura nos pasamos las dos horas y media del vuelo hablando de fe, vida, razón y ciencia.

Que un Doctor en Matemáticas, Catedrático de alguna asignatura incompresible en una Universidad americana y yo, hablemos de fe en un avión es una muestra de que Cristo sabía lo que decía cuando predijo que las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y mira que lo intentamos…

La apertura de corazón de dos desconocidos en un avión gracias a la fe común es otro de los regalos que Dios me ha preparado en mi vida.

No puede rezar un Rosario entero pero estoy seguro de que la Virgen en el cielo sonrió al ver que dos desconocidos se encontraron al identificarse en la palabra Magnificat