Fulano

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La palabra fulano tiene muchas connotaciones en español, la usamos regularmente y en los matices está su riqueza. Parece que su etimología procede del árabe y a su vez del egipcio con un significado que indica: “ese hombre”. Este término se usa en combinación con otras dos palabras similares: mengano y zutano, de etimologías similares y que probablemente formaban parte de un uso conjunto: ese hombre, quien sea.

Entre nosotros, ese, un indicativo, ha perdido parte del uso y es más común utilizarlo en un sentido genérico o anónimo. Genérico porque queremos expresar que cualquiera entraría en la definición o anónimo porque queremos que el sujeto de la acción quede expresamente oculto.

Y por supuesto, en femenino, fulana, que en español ha derivado a un uso muy peyorativo.

El miércoles Santo, fulano es un personaje clave del Evangelio propuesto, aunque es fácil que pase desapercibido:

(Mt 26,14-25): En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle.

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».

Así que fulano, es el dueño de la casa en la que se celebró la Última Cena, ¡casi nadie!

Cuando visitas Jerusalén, pasas por una vieja construcción de la que con poca convicción te dicen que es posible que allí se celebrara la Última Cena pero así como el patio de Caifás, el Huerto de los Olivos o el Gólgota, son indiscutidos, ese sitio no tiene la misma credibilidad. Y lógicamente, los cristianos querríamos adorar el sitio en el que Jesús instituyó la eucaristía y el sacerdocio.

En todo caso, fulano, era un conocido de Cristo, por eso, sabiendo que era el dueño de un sitio adecuado para celebrar la Pascua, la nueva Pascua, decidió mandar a sus discípulos. Podemos elucubrar que era uno de esos seguidores-curiosos, atraídos pero que guardaba las distancias para no implicarse demasiado, como tanto de nosotros…

Y está claro que los discípulos también sabían quién era fulano ya que fueron allí y prepararon la Pascua. Imaginaos la agitación de fulano al llegar éstos a sus casa; ¡y la de su mujer!

Por tanto, fulano no era un genérico, fue una persona concreta cuya identidad se quiere ocultar por alguna razón. Y como en la Revelación todo es por algo, por mucho que nos cuente entender, fulano es otro colaborador anónimo en la Historia de nuestra Salvación al que debemos agradecer y sanamente envidiar.

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