mi nombre

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Una cosa que admiro de algunos es su memoria, su capacidad de recordar y ligar caras y nombres; llegan a una reunión y recuerdan el nombre de cada persona, o se cruzan por la calle y saludan sin dudar del nombre.

Eso es un trabajo que les hacen a los Reyes y altos cargos, llevan un ayudante que les refresca la memoria, nombre, datos familiares, último encuentro, anécdotas. Total, con esos pequeños detalles, se ganan votos.

La verdad es que a todos nos gusta ser recordados, nos enorgullece que nos recuerden y nos fastidia que nos olviden. La excusa de que no llevo gafas o que te has cortado el pelo (en realidad es que se te ha caído), no da para mucho. Y claro, en esto como en tantas cosas, la simetría funciona: queremos ser recordados pero, también tenemos que recordar. Nos gusta que se acuerden de nuestro nombre pero, por esa misma razón, debemos recordar el nombre de nuestros conocidos.

Nuestro nombre es nuestra identidad, como también nuestros apellidos definen nuestra filiación. Si oímos nuestro nombre por la calle, nos giramos buscando con la mirada a quién os ha llamado; es instintivo. Y al revés, cuando nadie nos llama, nos sentimos solos, abandonados.

Esta semana de Pascua, hemos visto un ejemplo santo de este fenómeno. Maria Magdalena caída en el sepulcro, habla con el hortelano, mantiene una conversación con él y solo después de que oye su nombre, se da cuenta de quién es su interlocutor.

<<….Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro >>

Cristo la ha llamado por su nombre como probablemente ya había hecho tantas veces, y ella le ha reconocido. Como cuando tu hijo te llama desde su cuarto para que busques sus zapatos o cuando tu marido dice que no encuentra su móvil; esa familiaridad de tu nombre pronunciado con esa entonación, ese acento, esa musicalidad particular.

¿Os imagináis que fuera Cristo quien os llamara por vuestro nombre?

Pues lo hace. Cada día, cada Misa, cada Confesión, cada limosna, cada vez que apoyas a tu cuñado, cada vez que…, tantos momentos en los que Él está con nosotros.

Pero, ¿cuántas veces le oímos?

Eso es lo que deberíamos pensar