nuestro ADN y el de los cerdos

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En las noticias encontramos continuas referencias al enorme parecido entre el ADN humano y el de los otros animales: el ADN humano tiene un 90% de coincidencias con el de los cerdos, leemos. Normal, somos animales. Esa continua repetición trata de convencernos de que somos muy animales lo que no exige un secuenciador, basta una visita a un partido de futbol o a un mitin político.

La animalidad es algo que ocupa un alto porcentaje de nuestra vida, al fin y al cabo, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, como cualquier otro animal. Comemos, digerimos y evacuamos, como cualquier animal. Vagamos por la sabana (el supermercado) en busca de comida. Somos depredadores o víctimas. El punto no está en lo que tenemos en común con ellos si no en lo que nos diferencia.

Muchos dirán: la diferencia está en la racionalidad y tienen razón, pero también leemos que el delfín, el cachalote o algunos simios tienen una racionalidad básica o incluso algunos dicen que lo que ocurre es que no entendemos lo que dicen porque hablar, hablan (los delfines, por ejemplo) así que en el mundo de la ilustración, de la razón ominpotente, nos pasamos el día tratando de demostrar que no somos más que animales, algo que el mundo pre-ilustración negaba, curioso progreso. Y de lo más hilarante es el afán de reconocer derechos humanos a los animales; ¡qué sinsentido¿

Uno de los aspectos en los que el avance de la animalización se ha hecho más patente es en el de la sexualidad. Los animales (centrémonos en los mamíferos) tienen un ritmo sexual basado en el ciclo reproductivo; cuando la hembra está fértil, emite unos olores que hace que el macho de rienda suelta a sus instintos, insemine y, si te he visto no me acuerdo, hasta la siguiente estación. Y de hecho, el reto está en esparcir la simiente por la manada, cuanto más, mejor.

Los hombres, como animales que somos, podemos llevar ese estilo de vida, de hecho, los varones, libres de ataduras morales, es lo que haríamos pero vino Cristo a la tierra y nos enseñó que ser humanos es algo más allá que glándulas y hormonas. Esa “novedad” ha guiado nuestro comportamiento sexual durante siglos; siempre ha habido la pulsión interna, siempre ha habido ciclos de mayor o menor permisividad pero el mundo ha vivido la sexualidad con un cierto grado de control.

La gran ruptura estructural apareció con los medios de control de la natalidad y solo el Papado vio lo que venía y de ahí la Encíclica Humanae Vita y lo malo es que todas las peores previsiones se han cumplido, hablemos del aborto y de las píldoras abortivas, los vientres de alquiler, la sexualidad vacía y la pornografía disponible en tu móvil.

Lo ocurrido en Madrid estos días es un ejemplo: una ciudad, instituciones, empresas privadas, todos, celebrando la exaltación del impudor, de la sexualidad sin freno y sin fin último, celebrando lo antinatural. Lo homosexual es bello y deseable. Pero de nuevo, lo que me llama la atención es que la ciencia vuelve a la carga: artículos sobre la homosexualidad en el reino animal, hay animales homosexuales. Que orgullosos están de dejar de ser humanos…

Y en medio de todo esto, movimientos en la Iglesia para anular las enseñanzas de la Humanae Vita, sotanas rosas, capelos rosas, sotanas promiscuas, capelos promiscuos.

Pues yo, me siento más que animal, me siento humano. Soy racional y por tanto superior a los otros animales. Y soy sentimental, porque siento, gozo, amo. Y soy creatura porque sé que he sido creado a imagen y semejanza de Dios y por todo ello, cuánto más controle mi animalidad, más humano seré. He comprendido el valor de la castidad y el daño que la lujuria produce. Lo hermoso del amor fértil y lo que es ofrecer mis hijos a Dios.

Ahora, que se queden con las banderitas arcoíris y las carrozas como si fueran atrezzo de un documental de naturaleza, yo prefiero una Liturgia y una Misa bien celebrada