María Magdalena

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Una vez más, la historia descrita en las Escrituras y la realidad, convergen. Se encuentran los restos de Magdala con ruinas de esa ciudad que da nombre a la otra María. En esas ruinas se encuentran los restos de lo que podría ser una de las primeras iglesias construidas como una evolución de una sinagoga. En uno de los viajes a Tierra Santa, pasamos por delante sin parar; los descubrimientos fueron posteriores a aquel viaje.

María Magdalena es un personaje crucial en la memoria de la vida y resurrección de Cristo. No porque tengamos muchos datos sobre ella si no por la intensidad de las escenas en las que participó.

Recientemente, ha habido una corriente revisionista, desde el Concilio Vaticano II y en 2016, el Papa Francisco la ha nombrado apóstol de apóstoles ( de hecho, apóstola pero mi obediencia no llega hasta la gramática). Y es cierto que es un honor merecido. Acudir al sepulcro, hablar con dos ángeles, tratar de agarrar a Cristo resucitado y recibir de Él la frase : “noli me tangere”, algo así como, “no me sujetes”.

Parte del argumento para esta rehabilitación viene de un sentimiento de culpabilidad porque la tradición (con minúscula) era que María era prostituta y se vierten chorros de tinta para negar esta hipótesis. Otras corrientes que no son precisamente promovidas por creyentes, hablan de relaciones íntimas con Cristo. Y así una larga lista de historietas.

La verdad es que todo eso es irrelevante, que era pecadora, no hay duda. Todos lo somos, los apóstoles también. Que su pecado fuera éste o aquel, es lo de menos, lo importante es que, examinó su conciencia, sintió dolor de corazón, tuvo propósito de enmienda, le dijo sus pecados al confesor (y qué confesor, el propio Cristo) y cumplió su penitencia.

Además de apóstol de apóstoles, debería ser patrona de los que se confiesan.