vamos de boda

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Este fin de semana hemos “tenido boda”.

Veo a mis hijos con veinte bodas al año recorriendo España, es la edad. O empiezo a ir a bodas de hijos de amigos, también es la edad. Pero esta vez era la boda de un amigo, querido amigo.

Las bodas son por otra parte, una excelente ocasión para conocer sacerdotes nuevos; muchas veces son amigos de la familia, o los de la iglesia elegida. En este caso, era amigo de los novios, se notaba en los nervios antes de que llegara la novia (que como siempre llegó tarde), se notó durante la ceremonia por esas miradas cómplices y en el abrazo después de darles el sacramento del matrimonio.

Pero en Misa hay que estar abierto a la sorpresa, la liturgia está construida entorno al Misterio. Esta vez, la sorpresa vino en la homilía que empezó con una frase llamada a despertar a los dormidos, hacer prestar atención a los distraídos, marcar a los novios con unas palabras que nunca olvidarán.

Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para celebrar un funeral,…”

Os podéis imaginar el estupor, haciendo bromas macabras en una boda.

Pues bien, dijo el sacerdote, lo que estamos enterrando es el yo y el nacimiento del nosotros.

Precioso. Los cónyuges dejan de ser uno más uno para llevar juntos el mismo yugo. Porque el yugo no anula al individuo, pero hace que compartamos destino. El yugo hace que esta vez yo, la próxima vez tu, renuncio a mi capricho o mi opinión por ti. El yo, el egoísmo, se entierra por la mutua entrega amorosa.

Y esto, que es lo que es común entre todas las personas que emprenden el camino, en nuestro caso, se ve reforzado por la entrega de la fuerza, la gracia del sacramento, lo que es ya propio de los cristianos.

A menudo las bodas acaban mal, porque los hombres somos como somos y más aún en el entorno en el que vivimos, pero sobre todo porque olvidamos que tenemos ese sacramento que nos debería ayudar a arrancar esos brotes que vuelven a nacer después de haberlos enterrado, los brotes del yo.

Por eso, recordar que el día de boda enterramos al yo para dejar el espacio al nosotros, debería formar parte de un proceso periódico, renovar las promesas del matrimonio, recordarnos la gracia que recibimos.

Al menos, que nos lo recuerden en las bodas a las que vayamos invitados