Alegría

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Dos domingos del año, el sacerdote se viste con la casulla rosa. Éste, ha sido uno de ellos.

Todos pensamos que vivimos en un mundo de tensión, riesgo, complejidad. De crisis de civilización, de quiebra del modelo económico, de la familia, de las relaciones sociales.

La empresa que ha salido golpeada de la crisis y que no está claro que vaya a resistir mucho tiempo.

Cada día oyes de alguien que muere o que cae enfermo, o crees que eres tu el que puede estarlo.

Tal vez es tu hijo que te asusta o te preocupa, está en esa edad, o en la otra

Siempre tenemos excusas para no estar alegres. Y la verdad es que tenemos una enorme capacidad para identificar cosas que nos amarguen la alegría.

Pero Cristo trajo la Alegría con mayúscula porque conocedor (y sufridor) de los problemas cotidianos de la vida, sin negarlos, nos dio recetas para recuperar la alegría.

Y la Iglesia, con el espíritu del Santo iluminándola y la experiencia de siglos tratando a personas como nosotros, nos propone recetas para que peleemos por la alegría.

La confianza y la entrega a Dios, la esperanza de que tras este valle de lágrimas viene la plenitud es algo que nos enseñan y de lo que no siempre nos acordamos. Pero por eso hay hombres de Dios que no lo recuerdan. Este domingo, el sacerdote de un pequeño pueblo de La Alcarria, en una capilla gótica helada, vistiéndose delante de los fieles, nos hizo estar alegres contagiados por su alegría.

Recibo una carta de la Superiora de Iesu Communio, como todas las Navidades, con un mensaje en el que flota las sonrisas de esas monjas en la alegría de su entrega a Dios.

Y, tantos detalles que me hacen olvidar esa colección de problemas que nos rodean así que, esta tarde en Misa, daré gracias por tantas razones para estar contento y así hacer ver a los demás la alegría de ser de Cristo, con realismo, pero en Cristo