Cámara de gas

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Parece mentira que sobre un tema tan dramático se pueda hacer chistes y, sin embargo, se puede.

El domingo pasado fui a Misa de 13:30 a Machupichu. Antes de empezar la Misa tenía que hacer unas gestiones en la Secretaría y cuando acabé, el celebrante ya estaba en el Altar. Para los que no conozcáis la iglesia de Machupichu, el sacerdote hace su entrada por un lateral donde está la capilla, haciendo sonar la campanilla y cuando acaba, o sale a saludar a la puerta o bien entra a la sacristía por el otro lateral.

Pues bien, la capilla pequeña, es un recinto de cristal con su altar y Sagrario desde el que se puede oír (y ver) la Celebración desde el lado derecho del altar y los que acuden con niños, saben que es allí donde deben colocarse ya que, aunque no es un cuarto hermético, está bastante insonorizado y así los niños pueden hacer lo que hacen los niños: correr, gritar, distraer. Y los padres también hacen lo que tienen que hacer: aguantar, recoger del suelo, sonar los mocos y secar las lágrimas tras un porrazo contra el banco de delante.

Es un sitio terrible para oír la Misa, como digo, el ruido, el movimiento, hace imposible el recogimiento, pero falta lo peor, y de allí el título de esta entrada: los gases y olores. Los infantes que todavía llevan pañal por su escasa gestión de sus temas personales hacen que esa capilla sea a menudo, un horror.

En ese entorno me encontraba yo por mi falta de puntualidad; mea culpa.

Sabiendo que esa Misa no iba a ser “la más sentida”, acepté las otras penitencias impuestas y me di cuenta de que en ese ambiente tan poco propicio había fe. Es cómo cuando descubren bacterias en los volcanes o pequeños animales anaeróbicos. En ese ruido había padres y abuelos que peleaban fin de semana tras fin de semana para entregar a Dios esos 50 minutos dominicales. Podrían haberse quedado en casa con la coartada de los niños. Podrían haberse sentado en el parque vecino para que corrieran y gritaran a placer, pero no, fueron a Misa, se sentaron en la cámara de gas y seguro que pensaron que de esa manera sus niños ganarían familiaridad con Dios, que ir a Misa formaría parte de su vida como lo forma de la suya.

Muchos hemos sido padres o incluso abuelos y sabemos la importancia de esa familiaridad. Por eso, la próxima vez que desde la nave principal de la iglesia oiga algún grito o lloro proveniente de la cámara de gas, sonreiré porque un hijo de dios está recorriendo un camino que, con suerte, hará que él a su vez lleve a sus hijos a Misa como ocurre desde hace veinte siglos.