Dios escribe recto en renglones torcidos

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Nuestra generación ha vivido y vive una evolución sexual. Se dice que empezó en los años 60 del siglo pasado, pero lógicamente se venía fraguando. Esta revolución moral, vino acompañada (apoyada) por descubrimientos científicos que permitieron separar la sexualidad de la procreación. Hasta ese momento, la sociedad tenía un juego de reglas sociales para los casos de embarazos fuera del matrimonio, hijos bastardos (es la palabra técnica), homosexualidad, etc. y, de repente, todo cambió.

La izquierda se fue apropiando de muchos de esos cambios, aunque no de todos; es conocida la aversión de los comunistas por la homosexualidad, ahora que van de abanderados de la ideología de género…

Esta banalización del sexo trajo: promiscuidad y una oleada de enfermedades. Madres solteras e hijos nacidos sin una familia estructurada, con el drama que eso supone. Aborto que, de ser algo excepcional se ha convertido en un método anticonceptivo. Homosexualidad como algo no solo normal si no como algo bueno y bello. Todos estos cambios en la ética sexual hoy están plenamente consolidados.

Tan solo hay uno que no ha terminado de calar en la sociedad a pesar de que se trató de promover en paralelo con los otros y de gozar del apoyo de pseudo prestigiosos intelectuales del momento: la pedofilia. Y digo calar que no, que no haya habido casos, que ha habido muchos. La progresía ha venido hablando del sexo entre adultos y menores como algo bueno, sacando ejemplos fuera de contexto (como ya hicieran con la homosexualidad) y negando la evidencia de la colección de “juguetes rotos” que fueron dejando a su paso.

Sin embargo, la progresía, el Demonio, se puso nervioso y decidió que los casos de pedofilia, que, por cierto, en su inmensa mayoría son homosexualidad masculina sobre menores, en la Iglesia eran un buen modo de atacar a la Iglesia; y vaya si lo es. Así que llevamos unos cuantos años leyendo sobre pedofilia e Iglesia con el daño que ha causado a la Esposa de Cristo y a tantos sacerdotes que, en la mayoría de los casos eran inocentes.

La Iglesia y muchos sacerdotes han pagado un alto precio por los casos de homosexualidad de adultos sobre menores que ha habido. Y lo de menos, es el precio económico. Cuánto dolor de corazón. Cuántos fieles que huyen de sus sacerdotes. Cuántas vocaciones frustradas por educadores que entrarán en el féretro con la piedra de molino prometida por Cristo. Y muchos preguntándose ¿Cómo ha permitido Dios esto?

A parte de que Dios ni permite ni despermite, olvidamos que, a menudo, Dios escribe recto en renglones torcidos. Tanta presión sobre la Iglesia y los sacerdotes ha hecho que el mensaje sobre la pedofilia, que formaba parte del resto de las revoluciones sexuales, no pueda calar. Los mismos que atacaron furiosamente a la Iglesia por los casos de pedofilia, no pueden ahora decir que eso forma parte de la libertad sexual. Los mismos que acusaron a los sacerdotes de las cosas más terribles, no pueden ahora decir que, hombre, si es consentido, si no hay violencia, que no deja huella porque es todo lo contrario de lo que acusaron a los sacerdotes, culpables y a los inocentes.

Los culpables, culpables son. Los inocentes, lo son. Pero todos, de forma involuntaria han sido mártires en defensa de la inocencia de los menores. Han pagado un precio altísimo por ello y su dolor servirá para defenderles por un tiempo, pero no dudéis que, en unos años, el Demonio a través de sus brazos tontos, comenzará de nuevo a atacar ese reducto.

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