muertos

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Hoy celebramos el día de los difuntos y he tenido que explicar a mi hijo pequeño, qué exactamente celebramos.

Por su edad, no ha tenido todavía la experiencia cercana de la muerte; conoció muy de pequeño a un abuelo y una abuela, pero a parte de esto, no ha tenido más roce con ella. Es más, la muerte es un videojuego o un titular de una televisión que oye de fondo. Sus ojos se han acostumbrado a una muerte que no es muerte o a una muerte que, de puro remota, no le impacta. Esta es la sociedad en la que vivimos ahora.

Le he tenido que explicar entonces mi propia experiencia con la muerte y curiosamente contárselo me ha servido para el propósito de la fiesta litúrgica. Hablar de la muerte de mi padre y el agujero que me dejó. Hablar de la muerte de mi madre y el socavón que me dejó. Mis suegros a los que, bromas a parte, respeté y sentí que se fueran. Algunos amigos muy queridos que murieron por el cáncer o por la carretera. Ese repaso me ha ayudado a rezar por ellos y pedir a ellos por mi.

Rezar por que puedan estar con Dios y por que a su vez ellos puedan recuperar a sus propios padres. Rezar para que ellos sepan que les echo de menos y que dejé de decirles tantas veces que les quería. Rezar para pedir perdón por las veces que les traté mal. Recé, recé, recé.

Mi hijo no entendía lo que le contaba, pero lo comprendía. Acabó diciéndome que cuando yo esté en el cielo (si Dios quiere), el rezará por mi y con los ojos húmedos yo le contesté que le seguiré cuidando desde el cielo.

Teología de base.

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