Adultos en la fe, victoriosos en la vida.

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En el mundo que nos ha tocado vivir, el relativismo parece haber ganado la partida. Nada hay bueno o malo, todo depende de las circunstancia y de las personas. Esta postura es radicalmente contraria al mensaje cristiano que Jesús nos dejó, y la Iglesia custodia y comunica, que afirma que existen verdades universales.

 

Los católicos tenemos la obligación de conocer y profundizar en el conocimiento de esas verdades universales, pues sólo de esa forma seremos capaces de afrontar el reto de defender nuestras creencias. De la misma manera que un niño aprende y madura y se convierte en adulto, nuestra fe debe ser regada con el agua del estudio para alcanzar la madurez. Cada uno, en las medidas de nuestras posibilidades intelectuales, estamos llamado a profundizar en la fe. Para ello, tenemos a disposición en nuestras parroquias y diócesis distintos cursos catequéticos y de formación que nos ayudarán a aumentar nuestro conocimiento de lo que creemos. La lectura también contribuirá a aumentar esa madurez, no olvidando nunca que en casos de dudas deberemos acudir al Magisterio de la Iglesia, depositaria de las verdades de la fe tal y como fue fijado por el mismo Jesucristo (Mt 16, 18-19). Los catequistas y sobre todo los sacerdotes nos ayudarán en esa tarea de discernimiento por lo que es muy recomendable comentar nuestras inquietudes con ellos. Así, evitaremos caer en la soberbia intelectual que puede llevarnos a separarnos de la Iglesia tal y como ha sucedido con algunos teólogos, sacerdotes y fieles que han pretendido erigirse en depositarios de una nueva y distinta fe.

 

Por ultimo, no debemos olvidar que la formación necesaria que hemos de cultivar debe ser siempre completada con la espiritualidad, con la cercanía a Dios a través de la oración y la practica frecuente de los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia. De esta forma, revestidos del poder del conocimiento y la espiritualidad, podremos hacer frente a este mundo y salir victoriosos, para así afirmar al final de nuestras vidas aquello que San Pablo en la segunda carta a Timoteo (2 Tm 4, 6-8) nos decía:

 

“Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día, y no solamente a mí, sino a todos los que haya guardado con amor su Manifestación.”