Beato Manuel González García

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Manuel González García recibió la ordenación sacerdotal de manos del beato cardenal Marcelo Spinola en 1901. En 1902 fue enviado a dar una misión en Palomares del Río, pueblo donde Dios le marcó con la gracia que determinaría su vida sacerdotal. Dejó escrito lo siguiente: (después de escuchar las desalentadoras perspectivas que para la misión le presentó el sacristán) «Fuime derecho al Sagrario... y ¡qué Sagrario, Dios mío! ¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no salir corriendo para mi casa! Pero, no huí. Allí de rodillas... mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba... que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio... La mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir todo mi ministerio sacerdotal»

El 4 de marzo de 1910, ante un grupo de fieles colaboradoras en su actividad apostólica, derramó el gran anhelo de su corazón. «Permitidme que, yo que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado... os pido por el amor de María Inmaculada y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos Sagrarios abandonados».

Aquel 4 de marzo se había puesto el germen inicial de la Asociación Las Marías de los Sagrarios. Fue su principal obra, dedicada a la adoración de Cristo Sacramentado. El objetivo esencial era procurar que no hubiera ningún Sagrario abandonado. Si en el Calvario estuvieron las Marías, también estuvo iuxta crucem Iesus, Juan, el discípulo amado. Estaba, pues, claro que la Asociación debía extenderse también a los varones. Y éstos, nuevos Juanes, también acompañarían a Jesús en los Calvarios eucarísticos.

Su entrega generosa y la vivencia auténtica del sacerdocio son, sin duda, el motivo de la confianza que el Papa Benedicto XV deposita en él, nombrándolo obispo auxiliar de Málaga; recibe la ordenación episcopal el 16 de enero de 1916. En 1920 fue nombrado obispo residencial de esa sede, acontecimiento que decidió celebrar dando un banquete a los niños pobres, en vez de a las autoridades; estas, junto con los sacerdotes y seminaristas, sirvieron la comida a los tres mil niños.

El 11 de mayo de 1931 son quemados en Málaga más de veinte conventos e iglesias, y asaltado e incendiado el Palacio episcopal. Al día siguiente, monseñor González sale de Málaga, donde corre serio peligro su vida, para refugiarse en Gibraltar. Durante cuatro años el obispo gobernará su diócesis desde el destierro, primero en Gibraltar, después en Ronda, y por último desde Madrid. En esta capital ordenó el 15 de junio de 1935 a catorce presbíteros, de los cuales siete cayeron víctimas del furor de persecución republicana en el segundo semestre de 1936. El 5 de agosto de 1935 el Papa Pío XI, lo nombró obispo de Palencia. Son los cinco últimos años de su vida, Es ahí en donde conoce, en el Monasterio de San Isidro de Dueñas, al Beato Hermano Rafael.

Su epitafio resume su misión, su vida:

«Pido ser enterrado junto a un Sagrario,
 para que mis huesos, después de muerto,
 como mi lengua y mi pluma en vida,
 estén siempre diciendo a los que pasen:
 ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».